Me exijo demasiado y nunca siento que sea suficiente

Exigirse y machacarse se parecen mucho desde fuera y se distinguen por lo que ocurre justo después de terminar algo. En un caso hay un final, se reconoce lo hecho y se descansa. En el otro, lo conseguido pierde valor en el momento en que se consigue y la atención salta a lo siguiente.

Cuando alguien dice «me exijo demasiado» suele estar describiendo lo segundo. El criterio de lo que está bien se desplaza cada vez que lo alcanza, así que ningún resultado llega a cerrar el asunto. Se sostiene sobre la idea de que lo que uno hace demuestra lo que uno vale.

¿Dónde está la línea entre exigirse y machacarse?

La cantidad de horas no sirve para trazarla, porque hay gente muy dedicada que descansa bien y gente con jornadas normales que no descansa nunca. Lo que separa una cosa de la otra se ve en tres momentos concretos.

Al terminarExigencia sana, hay satisfacción y punto finalAutoexigencia, el listón sube y la atención salta
Ante un falloSe corrige y se sigueSe revisa todo lo demás por si acaso
El tono internoExigente y respetuosoDespectivo, con palabras que no dirías a nadie

La tercera fila es la que más información da y la que menos se mira. Alguien puede trabajar doce horas sin que eso signifique nada preocupante, y otra persona con jornada de ocho puede estar destrozándose por dentro con un tono que no toleraría en un jefe.

En consulta es habitual que alguien lea en voz alta lo que se dice a sí mismo y se sorprenda al oírlo fuera de su cabeza.

¿Por qué nada acaba de parecer suficiente?

Porque el listón no está puesto en el resultado, sino en lo que ese resultado supuestamente demuestra sobre ti. Con esa lógica un fallo deja de ser un fallo y pasa a ser información sobre cuánto vales, que es mucho más difícil de encajar y bastante más caro de comprobar.

Terminar algo entonces no tranquiliza, solo aplaza la comprobación hasta la siguiente entrega. La psicología clínica llama perfeccionismo desadaptativo a esta variante, que se distingue del afán de calidad en que el error se vive como amenaza personal, y que aparece asociado con frecuencia a cuadros de ansiedad, según MedlinePlus, de la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos.

Ese mecanismo explica también por qué los elogios duran tan poco. Si el resultado solo servía para comprobar algo, una vez comprobado deja de tener utilidad y el sistema pide la siguiente prueba.

Mucha gente descubre en consulta que su exigencia no persigue destacar, sino evitar quedar en evidencia.

¿Qué señales indican que está pasando factura?

Aparecen mezcladas y ninguna por separado dice gran cosa. Lo que orienta es que sean estables desde hace meses y que estén costando algo medible, como horas de sueño, planes cancelados o una relación tensa en casa.

  • Descansar te genera culpa, incluso el domingo.
  • Recuerdas con detalle tus errores y con vaguedad tus aciertos.
  • Pospones tareas por miedo a no hacerlas perfectas, y eso alarga los plazos.
  • Te comparas con el mejor que conoces, nunca contigo hace dos años.
  • Delegar te resulta casi imposible porque tardas menos haciéndolo tú.
  • Hay tensión en la mandíbula, bruxismo o insomnio de conciliación.

Conviene mirar también qué ha desaparecido de la semana sin que nadie lo decidiera: el deporte, las comidas con calma, las conversaciones que no van de trabajo.

Un detalle que suele pasar desapercibido y que en consulta resulta bastante revelador es cuánto tardas en contar algo que te ha salido bien, y con cuántas matizaciones lo acompañas.

¿Cómo decidir qué es suficiente antes de empezar?

El problema del listón móvil es que se mueve mientras trabajas, y para entonces ya no hay perspectiva para discutirlo. Fijar los criterios antes, por escrito y en una sola frase cada uno, deja la decisión tomada cuando todavía eres capaz de tomarla con criterio.

Para cada tarea que te esté costando, escribe tres líneas antes de ponerte.

  • Qué tiene que cumplir esto para estar entregable, en condiciones observables.
  • Cuánto tiempo le vas a dedicar, con hora de cierre.
  • Qué vas a dejar fuera a propósito.

Lo difícil es la tercera. Escribir qué no vas a hacer convierte en decisión consciente lo que después aparecería como descuido, y esa diferencia cambia bastante cómo te hablas al terminar.

Cuándo consultar a una profesional

La exigencia no baja por decisión, baja por experiencia repetida de que entregar algo correcto sin pulirlo más no trae ninguna consecuencia. Tampoco funciona bajar el rendimiento a propósito como prueba, que genera más culpa, ni esperar al proyecto que por fin te deje tranquilo, porque el listón viaja con él. Si además hay un trastorno obsesivo compulsivo o un cuadro de ansiedad ya instalado, estas pautas por sí solas se quedan cortas y conviene una valoración antes de empezar. Conviene consultar cuando el malestar aparece incluso cuando las cosas salen bien, cuando llevas meses con agotamiento o síntomas físicos, cuando evitas oportunidades por miedo a no dar la talla, o cuando lo has intentado y vuelves al mismo sitio. Exigirte constantemente puede hacer que vivas con la sensación de que siempre queda algo pendiente, algo que mejorar o algo que podrías haber hecho mejor. A veces, empezar a trabajar esa ansiedad en terapia permite entender de dónde nace tanta exigencia y aprender a relacionarte contigo de una forma más flexible.

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